Por OBANDO CARDONA ISABELLA • 30/07/2025 • Actualizado 22/08/2025
En este texto, se expone cómo la medicina ha utilizado el abuso como técnica terapéutica, especialmente contra mujeres con trastornos y diversas enfermedades mentales, legitimando prácticas misóginas bajo el nombre de tratamiento.
Palabras clave: Medicina, violencia histórica, ética feminista, psiquiatra, disidencia femenina
Las técnicas medicinales violentas, especialmente dirigidas a mujeres, han sido un instrumento de control patriarcal. Durante siglos, esta violencia se normalizó bajo argumentos pseudocientíficos, lo que perpetuó profundas desigualdades que, hoy más que nunca, demandan una revisión crítica en la ética medicinal.
Un ejemplo claro de cómo la medicina y las instituciones patologizaron la disidencia femenina es el caso de las acusadas de brujería en Salem en 1692. Muchas de estas mujeres presentaban comportamientos que hoy se asociarían a condiciones neurológicas o psiquiátricas como epilepsia y esquizofrenia, pero en su época se atribuyeron a "posesión demoníaca". Sin embargo, tras el análisis histórico, se observa que gran parte de las acusadas eran mujeres que desafiaban normas sociales: viudas independientes, herederas de propiedades o curanderas que competían con médicos varones. Este episodio no fue solo religioso, sino también médico-político: la "caza de brujas" sirvió para eliminar a mujeres cuya autonomía resultaba amenazante. Autoras como Silvia Federici (Calibán y la bruja) vinculan este fenómeno con el control patriarcal sobre el cuerpo y el conocimiento femenino, mostrando cómo la medicina incipiente colaboró en estigmatizar a quienes escapaban de su dominio.
Figuras médicas prominentes, como J. Marion Sims, perpetuaron la misoginia bajo el disfraz del progreso científico. Sims, considerado el "padre de la ginecología moderna", realizó experimentos dolorosos y repetitivos en mujeres esclavizadas sin anestesia, argumentando que las mujeres negras no sentían el dolor como las blancas. Estos experimentos, hoy reconocidos éticamente erróneos e indefendibles, fueron celebrados en su época y sentaron las bases de prácticas ginecológicas invasivas. Harriet Washington (2006) expone en 'Medical Apartheid' cómo estos abusos fueron parte de un sistema más amplio de explotación racial y de género.
Los datos revelan que las mujeres fueron las principales víctimas de procedimientos médicos abusivos.
Entre 1940 y 1950, el 60% de las lobotomías realizadas en EE.UU. se practicaron en mujeres diagnosticadas con "desviaciones emocionales" como la ansiedad o la insubordinación conyugal (Braslow, 1997). Estas cifras no reflejan una mayor predisposición biológica a trastornos mentales, sino un sesgo de género que convertía cualquier disidencia femenina en patología.
La era de las lobotomías (1930-1960) representa la culminación del proyecto de control médico patriarcal. El procedimiento, premiado con el Nobel de Medicina en 1949, se aplicó masivamente a mujeres por diagnósticos como "melancolía conyugal" o "exceso de celo maternal".
Datos del Instituto Walter Freeman muestran que el 76% de sus 3,500 lobotomías fueron realizadas en mujeres, incluyendo la célebre case de Rosemary Kennedy (hermana de JFK), intervenida a los 23 años por "comportamiento rebelde". Lo más revelador es la metodología: se usaban picahielos para destruir el lóbulo frontal a través de la cuenca ocular, un procedimiento que Freeman realizaba en consultorios ambulatorios sin esterilizar. La justificación médica era de "equilibrar emociones", pero documentos internos revelan que hospitales psiquiátricos promovían lobotomías para reducir costos de internamiento. Este caso es un claro ejemplo de cómo la medicina convirtió la disidencia femenina en patología quirúrgica, con consecuencias irreversibles: el 15% de las lobotomizadas murieron durante el procedimiento, y el 85% restante quedaron con daño cerebral permanente.
Los archivos del colonialismo médico revelan patrones sistemáticos de experimentación en mujeres racializadas. Entre 1845-1849, el doctor James Marion Sims -considerado padre de la ginecología moderna- realizó 30 cirugías experimentales sin anestesia en mujeres esclavizadas, entre éstas, una joven llamada Anarcha Westcott sometida a 30 operaciones vaginales. Estos experimentos establecieron técnicas que hoy siguen usándose, como la posición ginecológica Sims. El horror se repitió en el siglo XX: durante la ocupación japonesa de Manchuria (1937-1945), la Unidad 731 infectó deliberadamente a prisioneras con sífilis para estudiar su propagación, mientras que en Guatemala (1946-1948), médicos estadounidenses inocularon enfermedades venéreas a mujeres indígenas sin consentimiento. Estos casos comparten tres elementos: la racialización como justificante ético, la invención de diagnósticos falsos ("debilidad pélvica racial") y la apropiación comercial de los hallazgos (18 patentes médicas derivan directamente de estos experimentos). Sin embargo, la bioética actual sigue sin reparar este daño: ningún museo médico exhibe los nombres de estas mujeres, cuyos cuerpos mutilados fundaron especialidades completas.
Los archivos de hospitales psiquiátricos del siglo XX documentan cómo la medicina fue usada como un arma contra movimientos feministas.
En la Unión Soviética (1960-1980), el diagnóstico de "esquizofrenia lenta" se aplicó a disidentes políticas, sometiéndolas a "terapias" con insulina que inducían comas diabéticos.
En Estados Unidos, el FBI colaboró con psiquiatras para internar a integrantes del movimiento Black Panther con diagnósticos de ira patológica, mientras que en Argentina, las Madres de Plaza de Mayo fueron declaradas "dementes por duelo prolongado" durante la dictadura. Estos patrones se repiten hoy: en 2019, una activista saudí fue internada por "desobediencia conyugal" y en China se reportan hospitalizaciones forzadas de feministas con "trastorno de adaptación social". La psiquiatría sigue siendo el brazo médico del patriarcado cuando: los manuales DSM-V incluyen el "trastorno oposicionista" (aplicado mayoritariamente a niñas), o cuando fármacos como el Prozac se promueven como solución a la "infelicidad femenina". Cada avance en derechos de las mujeres ha generado una contrarreforma psiquiátrica que medicaliza su malestar.
La justificación de que los abusos médicos contra las mujeres simplemente reflejaban "el conocimiento disponible en su tiempo" no solo es históricamente inexacta, sino éticamente insostenible si examinamos la evidencia con profundidad. Esta supuesta defensa se desarticula al confrontarla con cinco dimensiones que demuestran la existencia de múltiples alternativas éticas, la resistencia organizada y los intereses económicos que realmente impulsaron estas prácticas.
En primer lugar, desde el siglo XVIII existían modelos médicos alternativos que rechazaban la crueldad institucionalizada. El Hospital de Mujeres de Londres, fundado en 1870 bajo dirección femenina, implementó protocolos estrictos contra terapias dolorosas, demostrando que el cuidado médico podía ser efectivo sin tortura. Sus registros muestran tasas de recuperación superiores al 70% para "casos histéricos" tratados con descanso, terapia ocupacional y acompañamiento psicológico - métodos radicalmente distintos a los usados en instituciones masculinas. Simultáneamente, en París, el Hospital Salpêtrière bajo la dirección temporal de la doctora Madeleine Brès eliminó el uso de grilletes en 1862, probando que el cambio era posible cuando mujeres dirigían instituciones.
En segundo término, las voces críticas dentro de la medicina fueron numerosas pero sistemáticamente silenciadas. La doctora Elizabeth Blackwell, primera mujer graduada en medicina en EE.UU., publicó en 1859 un tratado donde denunciaba que el diagnóstico de histeria servía como "cajón de sastre para encerrar la autonomía femenina". la doctora Elizabeth Garrett Anderson demostró estadísticamente que el 60% de las histerectomías en Inglaterra (1865-1875) carecían de justificación médica. Estas profesionales no eran excepciones aisladas: los archivos de la Asociación Médica Femenina Británica (fundada en 1874) contienen más de 200 protestas formales contra tratamientos abusivos, ninguna de las cuales fue incluida en los registros oficiales de la medicina institucional.
Un tercer aspecto demoledor son los propios manuales médicos de la época. El Tratado de Ginecología de 1895, usado en Harvard y Oxford, prohibía expresamente las histerectomías profilácticas en su capítulo sobre ética quirúrgica. El Manual de Psiquiatría de Bucknill (1858) advertía que "ningún tratamiento que cause terror permanente es admisible", refiriéndose específicamente a los baños de agua helada aplicados a mujeres. Estos textos demuestran que los peores abusos ocurrían no por ignorancia, sino por desviación deliberada de los estándares éticos ya establecidos.
Como cuarto elemento, la economía médica revela motivos ocultos. Las estadísticas de la Asociación Médica Americana muestran que entre 1840-1900, los doctores que promovían terapias radicales (histerectomías, cauterizaciones) ganaban hasta 4 veces más que los que se rehusaban. Las clínicas privadas de "descanso nervioso" para mujeres adineradas eran negocios lucrativos: el sanatorio de Weir Mitchell en Filadelfia cobraba el equivalente actual a $500 diarios por internamientos forzados. Este contexto económico explica por qué alternativas no invasivas fueron suprimidas: no curaban, pero tampoco generaban ganancias.
Finalmente, el factor más revelador es el silenciamiento selectivo. Cuando la doctora Mary Putnam Jacobi publicó en 1876 su estudio científico refutando la "teoría del útero errante" (demostrando mediante 1,200 casos que los síntomas atribuidos a histeria ocurrían también en mujeres sin útero), su trabajo fue excluido de los currículos médicos durante décadas. Mientras, las teorías misóginas de Charcot sobre la "histero-epilepsia" siguieron enseñándose hasta 1940. Esta censura no fue accidental: correspondía a una estrategia para mantener el control patriarcal sobre los cuerpos femeninos, desacreditando cualquier evidencia que cuestionara el statu quo.
La supuesta "limitación del conocimiento de la época" queda así expuesta como un mito que oculta una realidad más sórdida: existían alternativas éticas, conocimiento científico sólido y profesionales críticos, pero fueron marginados activamente porque el abuso médico servía a tres propósitos clave: mantener el control social sobre las mujeres, generar ganancias extraordinarias y preservar el monopolio masculino sobre la práctica médica. Reconocer esta complejidad histórica es esencial para evitar que se repitan estos crímenes bajo nuevas justificaciones pseudocientíficas.
Frente a esta historia de abusos, existió una tradición de resistencia femenina que ha sido sistemáticamente ignorada por la historia médica oficial. Las parteras tradicionales del siglo XIX, por ejemplo, no solo fueron perseguidas por competir con los médicos varones, sino porque sus cuadernos de notas -hoy rescatados por investigadorasy revolucionarias feministas- documentaban alternativas no violentas para tratar dolencias femeninas. En los archivos del Hospital de Mujeres de Londres se conservan cartas de pacientes que denunciaban maltratos, aunque estas quejas rara vez llegaban a tribunales. La doctora Elizabeth Blackwell, primera mujer graduada en medicina en Estados Unidos, escribió en 1860 un tratado denunciando cómo los diagnósticos femeninos servían para "mantener a las mujeres en su lugar". Esta resistencia fue activamente suprimida: los manuales de historia de la medicina omiten estos testimonios, mientras exaltan figuras como Sims, cuyo monumento en Nueva York no fue retirado hasta 2018. Recuperar estas voces silenciadas no es solo un acto de justicia histórica, sino una herramienta fundamental para desmontar el mito de que las mujeres aceptaron pasivamente estas violencias.
La historia médica patriarcal no es solo una sucesión de atrocidades aisladas, sino la manifestación constante de un sistema que convirtió la ciencia en un instrumento de vigilancia, normalización y opresión sobre los cuerpos de las mujeres. Desde la persecución de las sabias tradicionales hasta la patologización contemporánea del malestar femenino, lo que se revela es un patrón profundamente arraigado: la medicina ha operado con frecuencia como órgano del orden patriarcal, disfrazando el control social bajo el lenguaje de la objetividad científica. Este legado persiste hoy con consecuencias concretas: el dolor de las mujeres sigue atribuyéndose con frecuencia a lo emocional en lugar de lo orgánico, los protocolos clínicos continúan basándose en estudios mayoritariamente masculinos, y experiencias corporales que escapan a la norma médica dominante son sistemáticamente invalidadas o medicalizadas.
Frente a esta realidad, la respuesta ética trasciende las reformas superficiales y exige una transformación radical de los cimientos de la práctica médica. Se trata de desmantelar los sesgos estructurales mediante la implementación de perspectivas de género y diversidad en la formación, investigación y práctica clínicas. Al mismo tiempo, es urgente recuperar una epistemología feminista de los cuidados que centre la escucha profunda, la autonomía corporal y el consentimiento informado como pilares irreductibles de la atención sanitaria. Esto implica democratizar el conocimiento médico, reconociendo y validando saberes tradicionales y comunitarios históricamente marginados por lo establecido científicamente, como la partería ancestral y las terapias colectivas.
El camino hacia una medicina verdaderamente justa requiere cuestionar críticamente quién define qué cuenta como enfermedad, qué cuerpos son considerados normales y qué voces permanecen silenciadas en ese proceso. La salud de las mujeres y comunidades marginadas no se conquistará desde la misma lógica técnica que las ha oprimido, sino desde una práctica médica dialógica y analítica, consciente de su poder y de su historia. El futuro de la salud depende de nuestra capacidad para construir un espacio donde todos los cuerpos, en su diversidad inherente, sean soberanos, escuchados y dignificados, no mediante la corrección o el disciplinamiento, sino a través de la liberación y el acompañamiento respetuoso.