En este texto, se expone cómo la medicina ha utilizado el abuso como técnica terapéutica, especialmente contra mujeres con trastornos y diversas enfermedades mentales, legitimando prácticas misóginas bajo el nombre de tratamiento.
Desde el diagnóstico de "histeria" en el siglo XIX hasta las lobotomías por la llamada "depresión posparto", la medicina ha validado prácticas abusivas contra mujeres bajo premisas científicas cuestionables. Este escrito contextualiza cómo la misoginia histórica se institucionalizó en protocolos médicos, utilizando fuentes y teorías feministas (como las de Foucault y Ehrenreich). El objetivo es revelar los mecanismos que legitimaron dicha violencia y analizar un marco más ético para evitar que se repita la historia.
Las técnicas medicinales violentas, especialmente dirigidas a mujeres, han sido un instrumento de control patriarcal. Durante siglos, esta violencia se normalizó bajo argumentos pseudocientíficos, lo que perpetuó profundas desigualdades que, hoy más que nunca, demandan una revisión crítica en la ética medicinal.
El abuso médico disfrazado de tratamiento científico ha operado históricamente como un mecanismo de control patriarcal. Como explica la teórica feminista Silvia Federici (2004), el patriarcado no es solamente un sistema de dominación masculina, sino un orden social que se construyó y consolidó mediante la expropiación del cuerpo y los saberes de las mujeres, un proceso en el que la medicina institucional jugó un papel clave. Bajo esta lógica, cualquier conocimiento femenino sobre la salud (el de comadronas, curanderas o herbolarias) fue sistemáticamente desacreditado y perseguido, para ser reemplazado por un saber médico masculino que patologizaba la biología y el comportamiento femenino, transformándolos en objetos de control y "tratamiento". Este monopolio del conocimiento se convirtió en la herramienta perfecta para disciplinar a las mujeres que desafiaban los roles de género establecidos. Un caso emblemático es el de las "brujas" de Salem (1692), donde síntomas neurológicos o psiquiátricos se atribuyeron a posesión demoníaca, pero el trasfondo revela un ataque sistemático a mujeres independientes: curanderas, viudas con propiedades y mujeres sin supervisión masculina. La propia Federici (2004) argumenta que la caza de brujas fue un instrumento para eliminar conocimientos femeninos sobre salud, y así consolidar el monopolio médico masculino.
En el siglo XIX, la histeria se convirtió en el diagnóstico más comun para cualquier comportamiento femenino "inadecuado". Jean-Martin Charcot y Sigmund Freud popularizaron tratamientos como la hipnosis y la "cura por la palabra", pero estos enfoques seguían partiendo de la premisa de que el cuerpo femenino era inherentemente defectuoso. Las terapias resultantes—desde vibradores para "paroxismos histéricos" hasta encierros en sanatorios—no buscaban curar, sino "normalizar". Como señala Elaine Showalter en 'The Female Malady', la histeria fue menos una enfermedad real que un castigo por transgredir las expectativas sociales.
El siglo XX continuó esta tradición con lobotomías masivas en mujeres diagnosticadas con "depresión posparto" o "neurosis marital". El psiquiatra Walter Freeman promovió esta práctica como solución rápida para mujeres "difíciles", priorizando la comodidad de maridos y padres sobre la salud de las pacientes. Datos de Braslow (1997) muestran que el 60% de las lobotomías en EE.UU. se realizaron en mujeres, muchas de éstas sin su consentimiento. Estos casos no son anomalías, son parte de un patrón: la medicina ha sido utilizada como una herramienta para mantener el status quo de género por siglos.
La historia médica patriarcal no es solo una sucesión de atrocidades aisladas, sino la manifestación constante de un sistema que convirtió la ciencia en un instrumento de vigilancia, normalización y opresión sobre los cuerpos de las mujeres. Desde la persecución de las sabias tradicionales hasta la patologización contemporánea del malestar femenino, lo que se revela es un patrón profundamente arraigado: la medicina ha operado con frecuencia como órgano del orden patriarcal, disfrazando el control social bajo el lenguaje de la objetividad científica. Este legado persiste hoy con consecuencias concretas: el dolor de las mujeres sigue atribuyéndose con frecuencia a lo emocional en lugar de lo orgánico, los protocolos clínicos continúan basándose en estudios mayoritariamente masculinos, y experiencias corporales que escapan a la norma médica dominante son sistemáticamente invalidadas o medicalizadas.
Frente a esta realidad, la respuesta ética trasciende las reformas superficiales y exige una transformación radical de los cimientos de la práctica médica. Se trata de desmantelar los sesgos estructurales mediante la implementación de perspectivas de género y diversidad en la formación, investigación y práctica clínicas. Al mismo tiempo, es urgente recuperar una epistemología feminista de los cuidados que centre la escucha profunda, la autonomía corporal y el consentimiento informado como pilares irreductibles de la atención sanitaria. Esto implica democratizar el conocimiento médico, reconociendo y validando saberes tradicionales y comunitarios históricamente marginados por lo establecido científicamente, como la partería ancestral y las terapias colectivas.
El camino hacia una medicina verdaderamente justa requiere cuestionar críticamente quién define qué cuenta como enfermedad, qué cuerpos son considerados normales y qué voces permanecen silenciadas en ese proceso. La salud de las mujeres y comunidades marginadas no se conquistará desde la misma lógica técnica que las ha oprimido, sino desde una práctica médica dialógica y analítica, consciente de su poder y de su historia. El futuro de la salud depende de nuestra capacidad para construir un espacio donde todos los cuerpos, en su diversidad inherente, sean soberanos, escuchados y dignificados, no mediante la corrección o el disciplinamiento, sino a través de la liberación y el acompañamiento respetuoso.
Braslow, J. (1997). Mental Ills and Bodily Cures: Psychiatric Treatment in the First Half of the Twentieth Century. University of California Press.
Davis, A. (1981). Mujeres, raza y clase. Akal.
Federici, S. (2004). Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de Sueños.
Hoffmann, D. E., y Tarzian, A. J. (2001). The Girl Who Cried Pain: A Bias Against Women in the Treatment of Pain. Journal of Law, Medicine & Ethics, 29(1), 13-27.
Showalter, E. (1985). The Female Malady: Women, Madness, and English Culture, 1830-1980. Pantheon Books.